Archive for the ‘ Ocio ’ Category

La carta de Hitler que cambió la historia

Fue redactada a máquina y firmada por el líder nazi en 1919, más de dos décadas antes de su apogeo en el poder. Se considera su primer escrito antisemita. Estuvo perdida 70 años y ahora se muestra al público por primera vez.

Diez meses después del final de la primera Guerra Mundial, un veterano alemán que había participado en la contienda escribió cuatro carillas en las que daba fundamentos para tratar “la cuestión judía” desde un punto de vista racional. Tenía 30 años y la firmó de puño y letra en tinta negra, con su letra redondeada: “Respetuosamente, Adolf Hitler”.

El documento, escrito a máquina, está fechado en 1919 y constituye el primer registro histórico de las teorías que luego pondría en práctica, como políticas de estado, el líder del Tercer Reich.

Fue originalmente una respuesta a un colega en el comando militar, Adolf Geimlich, lo que le ha dado su nombre: la Carta Geimlich. Hallada casi 70 años después de haber sido escrita, ahora por primera vez se muestra al público en el Museo de la Tolerancia de la ciudad de Los Ángeles.

Los historiadores considera que es uno de los documentos clave para explicar la historia del siglo XX, que revela el espíritu del líder del nazismo de manera más acabada que su libro fundacional, “Mi lucha”, publicado seis años más tarde.

BBC Mundo le cuenta la historia detrás de estas cuatro páginas amarillentas: ¿qué dice y qué sugiere? ¿Cómo se comprobó su veracidad? ¿Y cuál es el valor documental que podría hacer revisar las teorías de algunos historiadores sobre el pasado reciente?

Las palabras de Hitler

Hitler redactó la carta para Adolf Geimlich, un miembro del Aufklärungskommando, la oficina de inteligencia militar de Munich, como un intento de respuesta a una cuestión urgente: ¿cuál era la situación de los judíos en Alemania después de la derrota en la Gran Guerra y qué posición al respecto tomaban las fuerzas armadas?

Hitler se sentó en una máquina de escribir del ejército y redactó una suerte de ensayo de cuatro páginas, que fue recibido con beneplácito por sus superiores en el departamento de propaganda.

“Es su primer escrito político contando cuáles eran sus planes para los judíos. Es difícil que exista un documento más relevante para comprender la segunda Guerra Mundial: expone cuáles fueron las razones para llevar adelante esa guerra desde la cabeza misma de quien la impulsó, Adolf Hitler”, señaló a BBC Mundo Marvin Hier, decano del Centro Simon Wiesenthal, que adquirió la carta por US$150.000 y la ha puesto a la vista en el museo angelino.

Allí, el líder nacionalsocialista establece que “el antisemitismo es fácilmente caracterizado como un fenómeno emocional. Pero esto es incorrecto. El antisemitismo como un movimiento político no puede y no debe ser definido por impulsos emocionales sino por el reconocimiento de hechos”.

Esos hechos, dice, son postulados irrefutables, como que “el judaísmo es absolutamente una raza y no una asociación religiosa” o que los judíos responden al estereotipo de “acumuladores de riqueza” como un paso hacia la conquista del mundo a través del dinero.

“Todo hombre va detrás de un objetivo mayor, sea la religión, el socialismo, la democracia. Para los judíos éstos son sólo un medio para un fin, la manera de satisfacer su deseo por el oro y la dominación”, expresó quien sería luego la cabeza del brutal Tercer Reich.

Y agregó después: “el antisemitismo que se alimenta de razones puramente emocionales siempre encontrará su expresión en la forma de pogroms (ataques violentos contra judíos). Pero el antisemitismo basado en la razón debe llevar al combate y a la suspensión sistemática de los privilegios de los judíos… Su objetivo final, sin embargo, debe ser la eliminación sin compromisos de los judíos como tal”.

ARTICULO COMPLETO

FUENTE: http://www.semana.com

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Madriguera idiomática

Por: Jairo Cala O./ Bucaramanga/ Colombia.

Hay quienes me han preguntado por qué este boletín se denomina “Madriguera idiomática”. Yo podría responder que por la misma razón que los padres bautizan con un nombre equis o ye a sus hijos. Pero este nombre tiene un origen.

A los conejos se los conoce también con el nombre de gazapos. De allí la denominación usada para designar las faltas que, involuntariamente, suelen cometerse al hablar o escribir. Como se sabe, los conejos viven en madrigueras. Cuando se introducen allí, es bien difícil sacarlos.

Por analogía, esta columna se denomina “Madriguera idiomática” para desentrañar las imprecisiones, incoherencias y errores (gazapos o conejos) que se ventilan en los medios de comunicación de Colombia. Mi oficio de “cazador” de gazapos lingüísticos, además de voluntario, ¡es muy placentero!

Sigamos, pues, con los conejos de esta ocasión:

 1.- “¿Qué planes tienes mañana?”: Los creadores de un comercial de televisión incurrieron en error al formular esta pregunta, con mezcla indebida de los tiempos del verbo. No se puede hablar de los planes que alguien pueda tener para mañana (tiempo futuro), mediante la formulación de una pregunta en tiempo presente (tienes). Distinto es si se pregunta: ¿Qué planes tienes para mañana? La preposición para cambia, sustancialmente, la situación.

2.- “¡Llámame al celu!”: La manida costumbre de “castrar” vocablos, que muchos publicistas han puesto en boga, lleva a que se atente contra el idioma, como en esta expresión sacada también de un comercial televisado. Aparece aquí la palabra celular con una grave amputación que, precisamente, la deja “incomunicada”. Y no parece ser ese el mensaje que tiene la intención publicitaria de los genios creativos del comercial. El vocablo «celu», naturalmente, no es castizo en nuestro idioma.

3.- “Habrán los ojos muchachos”: En un diario liberal de Bucaramanga, una crónica sobre los famosos “corridos prohibidos”, inspirados en las actividades de los mal llamados “paramilitares”, incluía esta “belleza” lingüística: confundieron el verbo abrir (que se escribe sin hache) con el verbo auxiliar haber (que sí lleva hache). Lo que terminaron diciendo no tiene sentido lingüístico, puesto que habrán es futuro simple del verbo haber, en tercera persona del modo indicativo. Ejemplo: “Ellos habrán concluido su labor, cuando yo llegue allá”. Quien tiene que abrir los ojos (los físicos y el de la mente) es quien redactó semejante esperpento gramatical.

4.- “…el vehículo quedó boca arriba”: dos imprecisiones simultáneas contiene esta expresión, insertada en el mismo diario bumangués. Una, no se escribe «boca arriba», es decir, dos palabras; la expresión es una: bocarriba. Dos, los carros -hasta donde hoy sabemos- no tienen boca alguna. Por tan simple razón, al sufrir accidentes y quedar al revés lo que exponen hacia arriba son sus llantas. En el caso descrito, el automotor quedó volteado, simplemente. Es admisible, incluso, la expresión coloquial “patas arriba”.

5.- “Las autoridades no han registrado capturas por este asesinato, registrado el pasado fin de semana”: Las repeticiones son, usualmente, los más frecuentes errores que suelen cometer los redactores en los medios de comunicación. Así ocurrió en esta oración de una noticia judicial, en un noticiario de televisión. Como son innecesarias, además de malsonantes, lo aconsejable es que se aumente el léxico, particularmente de sinónimos que, por lo que se nota a diario, son esquivos a los cerebros de muchos periodistas colombianos. No de todos, por supuesto. Era suficiente haber escrito: “Las autoridades no han capturado a nadie por este asesinato, registrado (u ocurrido) el pasado fin de semana”.

6.- “El siguiente ‘acto’ es mengano”: Aquí no hay error gramatical alguno. Hay una especie de ofensa a la dignidad humana. A una presentadora de televisión le dio por llamar «actos» a las personas que participan en un concurso, que busca descubrir nuevos talentos del canto. Podría, perfectamente, usar un adjetivo no despectivo; así no deshumanizaría su presencia en el escenario, ni pasaría por indelicada al cambiarles radicalmente su identidad como personas. El mejor sonido que ser humano alguno recibe con sumo agrado es el que produce su propio nombre, pronunciado por otras personas. «El siguiente concursante es fulano», resulta más respetuoso y apropiado.

 7.- “Tenemos un invitado especial”: Tampoco hay error gramatical en esta expresión. Pero, ¡qué curioso!, todos los invitados a los programas de radio y televisión ¡son especiales! ¿Cuándo, entonces, nos presentarán a los otros, a los “no especiales”, o corrientes? Se trata, claro, de una manía oral que tomaron algunos periodistas y locutores; y la emplean repetitivamente, sin considerar que todos los seres humanos somos valiosos; por tanto, todos somos especiales. Luego la locución en comento es una especie de redundancia. Y, en casos aislados, puede llegar a ofender a otros entrevistados cuando el entrevistador olvide decir que ellos también son “invitados especiales”.

 

Didáctica de la poesía: breves orientaciones a través de El club de los poetas muertos (I)

Jose Hernández

Trabajar con poesía requiere un ejercicio de abstracción y perspectiva que no siempre es fácil. Recordando estos parámetros, me vino a la mente un conocido fragmento de una película que hoy le he puesto a mis alumnos en clase: El club de los poetas muertos. Como a tantos otros docentes, nos marcó en la adolescencia y hoy he querido hacer partícipes a los alumnos del hecho de crear poesia. Se requiere voluntad y ver el lenguaje poético desde un prisma, una perspectiva diferente a la habitual.

Tampoco hay que olvidar, y recordarles a nuestros pupilos y pupilas, que la poesía es mucho más que contar un número de versos y ordenar las estrofas: hay que entender qué quiere el texto, qué expresa el autor, y  cómo lo interpretamos nosotros como lectores. Otro fragmento de esta película, nos lleva a una imagen semejante a este argumento: entender la poesía.

Fuente: http://www.apuntesdelengua.com

La omnipotencia perversa de los medios

Por: José Chalarca/ Tomado de “Con-fabulación”/ Bogotá.
El mundo de los últimos veinte años vive en función de los medios. La radio, la televisión, los periódicos y las revistas se han apoderado de todo: la ciencia, el arte, la política, la vida pública, la vida privada. Nada escapa a sus infatigables tentáculos.
Hoy los avances de la ciencia no se consideran importantes por sí mismos ni su eficacia se mide por incidencias ni beneficios, sino por el tratamiento que le den los medios. Si los medios dicen que es importante y le asignan la magnitud de su trascendencia, pasan: de lo contrario no existen.
Los medios crean personas, personalidades y personajes. Los proyectan y deciden su vida y sus actuaciones a su real antojo y cuando no responden a su manejo o ejecutan una acción que ellos no programaron, entonces los medios, sin ninguna fórmula de juicio, sin ninguna consideración los despojan en público de los ropajes y las excelencias con que los engalanaron y los arrojan inmisericordes a los abismos de la proscripción y de la nada.
Los medios han creado sus propios cuerpos de investigación e inteligencia y fiscalizan todos los tiempos y todos los espacios de quienes tienen alguna notoriedad en cualesquiera de los campos de la actividad humana que están atentos y en alerta permanente para reportar a sus patrones las contravenciones a las normas y los códigos que han impuesto y estos, a su vez, tal y como los reciben de sus informantes y sin que medie el más ligero examen, sin escuchar a la víctima, ni a la necesaria contraparte juzgan el hecho y lo lanzan a la opinión con las respectivas instrucciones para que esta apoye su condena en la picota pública.
Los casos son numerosos en el ahora muy acotado espacio del mundo. Propongo entre los más resonados y dolorosos el de la princesa Diana de Inglaterra, el de Michael Jackson y, recientemente el de la joven cantante británica Amy Winehouse.
Y Colombia no es ajena a este fenómeno con el agravante de que solo hay un periódico de circulación nacional, una sola revista de opinión de distribución generosa entre la opinión calificada, dos cadenas de radio que se pelean la sintonía, no por la calidad de sus programas sino por la truculencia informativa y dos canales de televisión con las mismas perspectivas de las cadenas radiales.
Los medios en nuestro país apuntalados en la tesis de  que la justicia está politizada y su aparato paquidérmico es inoperante, se han tomado por su cuenta la ley, su jurisprudencia y su aplicación. Tipifican las contravenciones, los delitos y las faltas, deciden las penalizaciones y las sanciones y las aplican sin que medie un juicio ni se permita al supuesto infractor echar mano de la presunción de inocencia, la aplicación de un aparato probatorio ni siquiera la presencia acción de un defensor de oficio. El culpable que señalan los medios lo es irremisiblemente y debe recibir el castigo para cuya aplicación han promovido encuestas entre algunos estratos de la opinión pública y ya.
Esta justicia mediática que echa mano de figuras públicas cuya desgracia contribuye a elevar generosamente la sintonía o el volumen de circulación se está replicando en la multitud. Ya son bastantes los casos de linchamiento de supuestos contraventores denunciados por cualquier vecino de barrio. La turba alebrestada y apoyada en la actitud de los medios la emprende entonces contra el supuesto delincuente y no solo contra él sino contra su familia y su patrimonio.
Lo ilustro con un suceso fatal que tuvo ocurrencia en fecha reciente en la ciudad de Medellín. Una niña que viajaba en el metro gritó que el hombre que venía a su lado había rozado su cuerpo. De inmediato los ocupantes del vehículo se abalanzaron sobre el acusado y lo golpearon en forma inmisericorde. Tan dura fue la golpiza que el hombre falleció apenas llegado al hospital.

Seguramente todos los que participaron en ese linchamiento se sintieron muy tranquilos porque habían actuado en defensa de una niña inocente. Nadie dijo nada. Los medios apenas registraron el hecho como uno de los muchos que ocurren en el transporte masivo y la víctima era un don nadie que tenía que utilizar ese tipo de vehículo. Tampoco la justicia oficial porque, ¿cómo determinar el integrante de la turba que propinó el golpe mortal?

¿Qué lees y te diré quién eres?

I leana Gólcher docente, escritora y promotora cultural nos comenta ¿qué lees y te diré quién eres? Lectores compulsivos: Leen indiscriminadamente. Sin selectividad en la lectura son tan negativos como quien no lee nada.

 Lectores de best seller: Compran libros por el mercadeo de las editoriales. Poco les interesa la trama y calidad literaria o prestigio del escritor. Su criterio obedece a la lista de ‘los más vendidos’ que se publican en los medios. Muestran preferencia por los autores extranjeros. A menudo menosprecian al escritor nacional.

 Lectores superficiales: Prefieren la lectura fácil en las revistas y paquines, para ellos la imagen es más importante que el texto. Les agrada la lectura en cápsulas, sin mayor profundidad.

 Lectores a medias: Jamás concluyen un libro, argumentan toda clase de excusas, falta de tiempo, no tiene ritmo, la trama es complicada, temas escabrosos, etc. Compran libros sin la asesoría adecuada.

 Lectores de fotocopia: Se niegan a invertir en libros, alegan costos altos y violan las disposiciones de la Ley de Derecho de Autor y fotocopian sin piedad todo el libro. Son lectores descontextualizados, no les interesa el mensaje integral de la obra, sino ‘algunos capítulos’. El regateo es una de las características de su personalidad.

 Lectores coleccionistas: Con alto poder adquisitivo, compran libros en función del alto costo de su impresión, calidad de la portada, tipo de papel, estuche del libro. El afán es meramente decorativo y estético, con el propósito de impresionar, usualmente, coloca los hermosos libros en los sitios más visibles de su residencia u oficina.

 Analfabetas funcionales: Se niegan a comprar libros, alegan que se informan a través de otras formas de comunicación. Sienten profundo rechazo por la lectura, los escritores, las bibliotecas. Si llegan a ocupar un cargo administrativo relacionado con los libros, no prestarán mayor importancia al cuidado, promoción y difusión del libro. Los dejarán a la deriva.

 Enemigos del libro: Son personas altamente peligrosas, aprovechan cualquier excusa para destruir los libros, al leer realizan prácticas lesivas a la integridad del libro, lo mutilan, lo rayan, doblan las páginas, se humedecen los dedos para pasar las páginas, leen con las manos sucias. En esta categoría se encuentran los ladrones de libros, que luego los venden en Salsipuedes o La calle del espanto.

 Lectores profesionales: están enterados de los nuevos conocimientos, los nuevos títulos y autores. Leen con atención la introducción y el índice de un libro antes de comprarlo. Persiguen fines específicos para la lectura. Leen con múltiples propósitos: entretenimiento, superación profesional, autoayuda, actualización profesional. Usualmente tienen una biblioteca muy organizada y que incorpora lecturas importantes en su computadora con fines de difusión y uso intensivo.

 Lectores modernos: Leen de 350 a 400 palabras por minuto; conocen las mejores ofertas editoriales, visitan frecuentemente las librerías con fines de búsqueda selectiva. Adquieren libros de autores nacionales y extranjeros.

 Su computadora tiene los programas necesarios para leer materiales electrónicos, ‘bajar información’ de la Internet; leen organizadamente e integran los mensajes a su vida personal o profesional. Comparten sus lecturas, escriben y comentan sobre lo leído; si pide prestado algún libro, lo regresa a su dueño en iguales condiciones a las recibidas; su vida cotidiana se enriquece como resultado de su dedicación a la lectura; su éxito obedece en gran medida a las enseñanzas obtenidas mediante la buena lectura y los ejemplos en su hogar y en la escuela. Asisten a círculos de lectura.

 Yo, Richard Brooks, como lector prefiero a los apasionados, que leen todos los días, comentan sus lecturas y promueven las obras leídas. Son críticos, reflexivos y creativos. Son exigentes del diseño narrativo, aprecian la prosa y el sentido subyacente de cada palabra. Son selectivos en sus lecturas, tienen una panorámica mundial de la literatura, conocen los clásicos de todas las épocas, saben dialogar con el autor y la obra. Leen sin prejuicios ni convencionalismos, con horizontes abiertos, son tolerantes a todas las ideas. Disfrutan de los buenos libros. Y sobre todo, promueven al Panamá literario y participan de los círculos de lectura. Donan sus libros a la Biblioteca Nacional.

 Recomiendo Tertulia Literaria por Radio Panamá 94.5 FM los sábados a las 10 a.m., así como la asistencia a la reunión mensual del Círculo de Lectura Guillermo Andreve en Exedra, el sábado 17 de septiembre a las 10:30 a.m. ¡Al leer somos mejores!

 Leer Memoria de mis memorias y Los rostros del tiempo de Ricardo A. Ríos T. es conocer a Panamá y amarlo.

Historia de un retrato – La tierra elegida

Juan Forn

Retratar al retratista, eso fue lo que hizo James Lord en su libro A Giacometti Portrait, escrito mientras posaba para el pintor italiano.

Año y medio antes de morir, el gran Alberto Giacometti aceptó hacerle un retrato a un bon vivant y aspirante a coleccionista de arte llamado James Lord. Como buen tilingo, el modelo pensó que alcanzaría la inmortalidad posando una o a lo sumo dos veces para el pintor, pero terminaron siendo dieciocho jornadas agotadoras, sentado rígidamente en una silla, en el lóbrego atelier parisino de Giacometti. Lord había llegado a la ciudad como soldado raso con las tropas aliadas que liberaron a París al final de la Segunda Guerra, y merced a sus encantos sedujo a Jean Cocteau, luego a Dora Maar (la ex amante de Picasso con quien tuvo un conveniente romance), luego a la pareja conformada por Gertrude Stein y Alice Toklas, y así accedió al círculo áulico de los artistas de Montparnasse. Pero Giacometti era un hueso duro de roer: no socializaba, no le interesaba triunfar en América (la herramienta que solía usar Lord para ganarse la confianza de quienes admiraba), no le importaba otra cosa que develar un enigma: “Sigo pintando solo para saber por qué no puedo poner en el lienzo lo que veo”.

Giacometti había sido el primero de los surrealistas en abrazar la abstracción y también en abandonarla. Su retorno a lo figurativo había sido fulgurante, con esas anónimas y espectrales esculturas esqueléticas, de hombres caminando solitarios y mujeres esperando en grupo pero igual de solitarias, que se convertirían en su marca de fábrica y en la imagen por antonomasia de lo que había terminado siendo el hombre para el hombre a esa altura de la Historia. No es casualidad que la obra de Giacometti fascinara por igual a Sartre y a Samuel Beckett. No es casualidad que cualquiera que camine contra el viento o espere en una esquina solitaria hasta el día de hoy se sienta irremediablemente una figura de Giacometti, un abandonado por su época. Después de contestar así la famosa pregunta de Theodor Adorno (“¿Puede haber poesía después de Auschwitz?”), Giacometti hizo otro viraje igual de fulgurante en su obra: la restringió al retrato. Del contorno de lo humano pasó a sus rasgos, en forma de retratos y de bustos. Una y otra vez trató de reproducir los rostros de su hermano Diego y de su amante Annette, obligándolos a posar durante infinitas jornadas. Annette fue la primera en rendirse (“Me sofocó la sensación de que toda mi vida se consumía en ese acto”). Diego, que trabajaba en la habitación de al lado del taller de Giacometti y era el encargado de realizar los moldes de las esculturas de su hermano, tuvo más paciencia pero también terminó pidiéndole que lo esculpiera de memoria y lo dejara trabajar en paz. El joven James Lord apareció providencialmente en ese momento y Giacometti no lo pensó dos veces: lo encadenó a la silla.

Lord escribía dos veces por semana a su madre al otro lado del océano acerca de sus actividades (mayormente chismes: cuando Gertrude Stein quería que algo se supiera en todo París, se lo contaba a Lord como confidencia). La noticia de que Giacometti iba a pintarlo era tan sabrosa que pidió permiso al pintor para ir fotografiando el retrato en el estado en que quedaba al final de cada jornada, suponiendo (con razón) que Giacometti no le regalaría la tela y que su madre no podría verla nunca. Lo que no se imaginaba era el efecto que esas jornadas tendrían en su vida. Cuando Giacometti murió un año después, Lord publicó tímidamente un librito en el que relataba aquellas dieciocho sesiones (antecedida, cada una, por la fotografía correspondiente del cambiante retrato). El resultado es hipnótico: un artista pinta un retrato y es retratado a su vez por el modelo que posa para él. El modelo no solo registra cada palabra y cada gesto del artista; además, intenta por todos los medios que el artista no arruine el retrato que está pintando.

Giacometti era legendario por pulverizar y reconstruir una y otra vez sus piezas, fuesen cuadros o esculturas, hasta que lo conformaran mínimamente (“Nada de lo que he expuesto estaba acabado. Pero no atreverme a exponer habría sido una cobardía”). Igual de legendarios eran los comentarios que hacía en voz alta para sí mismo mientras trabajaba (“Trabajo frente a la pieza como si tuviera la cara apretada contra una pared y no pudiera respirar”). Lord no solo transcribió clandestinamente esos comentarios sino sus propias sensaciones desde el momento en que, finalizada la primera sesión, Giacometti le dijo: “Hemos ido demasiado lejos, no podemos parar ahora. Tienes que seguir viniendo”. A lo largo de las sesiones siguientes, el pintor ruge, bufa, aplasta cigarrillos con el pie, vuelca trementina, sale al patio a quemar dibujos viejos, se tumba en la cama y anuncia que no va a levantarse nunca más. “Cuanto más se trabaja un cuadro, más imposible resulta acabarlo”, “Deberían encerrarme en un asilo”, “Hay que acercarse un poco más al precipicio”, “Ay, la venganza del pincel contra el pintor que no sabe utilizarlo”. El retrato irrumpe y desaparece en un magma de grises a lo largo de las sesiones, como si Giacometti no tuviera control sobre él. Cuando a Lord le pica la cara y pide permiso para rascarse, Giacometti dice: “Calla. Son las pinceladas que estoy dando a tus mejillas”. Cuando Lord comenta que ya no se puede ver nada en la penumbra, Giacometti dice: “Con la última luz se alcanza a captar lo que no se ve el resto del día”. Cuando Lord le pregunta cuántas sesiones más harán falta, porque lo esperan en Norteamérica, Giacometti contesta: “No dejes que este retrato interfiera en tu vida”. Pero eso es imposible para Lord: “Era como si la pose en que me había colocado me hubiera paralizado para siempre”.

Algo de eso ocurrió. Después de publicar su librito, Lord dedicó los quince años siguientes a escribir una biografía de Giacometti (que hasta el día de hoy es la más exhaustiva que existe) y una serie de libros posteriores que tuvieron a Giacometti como referencia ineludible. Su ambición era poder comprar alguna vez, con el dinero obtenido, aquel retrato que le hizo el pintor, pero Annette (la amante devenida esposa y luego viuda y celosa albacea) se lo impidió, enfurecida por las intimidades que, según ella (y un manifiesto que pagó de su bolsillo, publicado en las revistas de arte más importantes a ambos lados del Atlántico, firmado por todos los galeristas de Giacometti) distorsionaban “irreparablemente” la imagen del pintor. No fue de la misma idea Diego, el fiel hermano de Giacometti, que no solo aceptó firmar un prólogo al librito de Lord, sino que confiesa en él que varias veces ante sus páginas tuvo el impulso de trasladarse al estudio de al lado a leérselas en voz alta a su hermano. “Solo alguien obsesionado por el retrato como mi hermano habría sabido valorar esta semblanza. Cuando Alberto terminó el primer busto que hizo de mí, me llamó a gritos desde su estudio y me dijo: ‘Mírate’. Con ese mismo espíritu me hubiera gustado leerle a él este retrato que le hizo Lord”.

Fuente: http://www.elmalpensante.com

La descortesía: ese “sapo” que nos tragamos a diario

Por: Jairo Cala Otero/ Bucaramanga/ Colombia.

– “Es lamentable que la gente de hoy no tenga un poco de cortesía. Uno escribe y escribe mensajes, y nunca sabe si sus destinatarios los recibieron; casi nadie responde los correos de Internet”- se quejó mi interlocutora a través del teléfono celular. Pero a pesar de la gran realidad, se le escuchaba resignada. Qué se puede hacer frente a tanta gente descomedida, que no ha querido aprender a ser más humana; a respetar al otro, pareció concluir.

El tema no duró mucho, no valía la pena prolongarlo. No porque no tenga importancia, sino porque ese fenómeno -el de la descortesía de no responder los mensajes- parece no tener remedio entre quienes lo promueven y alientan con su actitud desdeñosa. Viramos, entonces, a otro tema menos “mortificador”.

Pero a mí me quedó la gana de escribir sobre él, porque es útil reflexionarlo; y exhortar comedidamente a los “sordos” y “ciegos”, a ver si algún día logran entrar en sintonía con la cortesía humana y el respeto hacia sus semejantes. No todo está perdido. Muchos logran superar etapas escabrosas de peor nivel. Por qué no habrían de cambiar quienes enmudecen luego de leer unos mensajes que han llegado a sus buzones electrónicos.

Es preciso abordar algunas consideraciones, para no pecar de enjuiciadores y condenadores a ultranza. La primera: no todos contestan los mensajes que reciben por la red global de comunicaciones, porque no han aprendido a usar ese medio de comunicación. La gran mayoría lee los textos, uno a uno, y después de algún tiempo (a veces horas) cierra su página sin considerar la importancia de cada mensaje; al final, como todos los correos quedaron como leídos, ya no saben cuál vale la pena responder de inmediato. Si al día siguiente quieren contestar, no se acuerdan cuál era; ni saben buscarlo en medio de tanto “bombardeo” de texto y diapositivas que les ha llegado. La segunda: muchos tienen temor de escribir al emisor, porque acusan graves falla de redacción; entonces, no quieren pasar por la pena de ser considerados como desacertados en esa materia. Esta conclusión es muy personal, me la han confesado algunos lectores de mis artículos reflexivos y de español correcto. La tercera: hay personas deliberadamente mal intencionadas, no tienen un ápice de deseo de contestar ningún mensaje; son ermitañas en materia de comunicación, tienen un bajo nivel de calidad en sus relaciones humanas y se enconchan por voluntad propia aunque vivan rodeadas de otros seres vivos.

A quienes clasifican para la primera consideración, vale decirles que hoy es inexcusable no saber aun cuando sea lo elemental en materia de informática. Ya lo sentenció el magnate de las computadoras, Bill Gates: “Quien no esté a tono con la informática es el analfabeta del siglo XXI”. Es preciso, entonces, no quedarse a la zaga. De lo contrario, nos arrollará el aluvión de novedades que cada día nos acelera, y nos pone en sintonía con otro ritmo de vida. Pretender atajar ese fenómeno simplemente con la pasividad es más que inútil, ¡es imposible!

Los segundos, los temerosos de que se les censure porque escriben mal, deben eliminar ese complejo. Primero, porque la mala redacción es superable; y para ello hay que conocer el idioma, que tiene dispuestos portales y libros sobre gramática, además de gente dedicada a cultivar su correcta aplicación. Y segundo, porque mientras ese proceso avanza, contestar un mensaje restaría peso a la forma de escritura, y se convertiría en un indicativo de que dentro de esa persona hay un ser humano que ha decidido ingresar al mundo de los buenos modales, de la cortesía, del respeto por quien le ha escrito.

Las personas del tercer grupo parecen ser indómitas. O contumaces sin remedio. Poco se puede hacer para sacarlas de ese mundo de automarginalidad, donde se refugian motu proprio para no interactuar con sus semejantes. Es su derecho. Lo que no se logra entender es para qué, entonces, abrieron una cuenta de correo electrónico. Porque la comunicación es de doble vía: tiene un emisor y un receptor; y este también puede (y debe) ser emisor, que convierte al primero en receptor también. Un locutor me decía algún día: “No me gusta que me manden correos”, al explicarme por qué no suministraba su dirección electrónica a sus amistades. Este caso parece ser más serio. Que lo haga un lego, es entendible; pero que así proceda un “comunicador”, ya raya en lo insólito.

Entre unas y otras consideraciones lo cierto es que, por otra parte, hoy cobran más validez las palabras de Fortino Mario Alfonso Moreno Reyes (Cantinflas), quien decía que cada día poseemos más aparatos pero somos más pigmeos como seres humanos. ¡Cuánta razón le asistía, y cuánta falta hace él!

 Fuente: http://www.librosyletras.com